AQUELLOS DICIEMBRES (2)






AQUELLOS DICIEMBRES II

Togoromá – Bocas del San Juan

A pesar de que faltaban casi treinta minutos para la hora anunciada -7 de la noche- el corredor de la parte delantera de la casa, donde estaba la oficina y el comisariato, estaba ya lleno de gente. La poca iluminación permitía ver solamente enormes sombras susurrantes que se apretujaban y trataban de acercarse a la puerta del depósito para no perderse detalle del acontecimiento. A la luz de las velas aquellos rostros morenos adquirían una tonalidad especial. Algunos reflejaban resplandores azulados o violetas y otros suavizaban el entorno con matices acanelados. Yo trataba de abrirme paso para lograr entrar al depósito y poder hacer mi importante papel de “técnico de luces” en el numerito que mi padre había montado para los trabajadores del aserrío como punto inicial para la ya tradicional fiestica de navidad.

Era el 24 de diciembre. Habíamos hecho el pesebre en la parte delantera del depósito de herramientas, y nos correspondía el último día de la novena de aguinaldos que se celebró en diferentes hogares del caserío. Mi mamá, mi papá y yo, habíamos trabajado duro en ese pesebre. Mamá puso en él detalles muy suyos de su creativo ingenio y mi papá y yo hacíamos lo posible por hacer realidad sus deseos y fantasías. El punto culminante de la novena sería el momento del nacimiento. Mi papá se las ingenió para colocar una linterna fija bajo el sitio del nacimiento en la gruta. Mi papel era encender la linterna en el momento preciso cuando desde el techo descendía la imagen del Niño. La imagen mi papá la amarró con sedal de nylon y estando agachado detrás de la tarima del pesebre la iba dejando bajar desde una de las vigas del techo. Yo me metí debajo del encerado del pesebre para poder prender la linterna. Mi mamá dirigía la novena y los cantos de los villancicos junto con Deyanira y esperábamos el momento en que mi madre pidiese a los asistentes apagar sus velas para prender la linterna y empezar el descenso del Niño.

En primera fila estaban los niños y niñas del caserío, mis compañeros de juegos y travesuras, todos con sus mudas domingueras para la gran ocasión, muy limpios y juiciosos. Tras ellos estaban sus padres, la mayoría empleados de mi padre en el aserrío. Muy importante era también la presencia del mismísimo Inspector de policía, Lino Mosquera.

Muy comedidamente todos fueron apagando las velas que traían y se hizo un respetuoso silencio. Silencio que fue pronto interrumpido por un creciente murmullo de exclamaciones de asombro y risitas nerviosas. Desde mi posición, debajo del encerado veía el chorro de luz de la linterna enfocado en la imagen del Niño que mi padre hacía bajar lentamente hacia su sitio en la gruta.

Cuando la imagen finalmente llegó a su lugar el entusiasmo de los niños no pudo más ser frenado por la mirada severa de Deyanira y una creciente salva de aplausos llenó el depósito…


Comentarios

Juan G Ochoa ha dicho que…
Debio ser lindo la planeada de ese momento especial y la sensacion tuya de ser participe en la llegada del niño Dios.
Donde fue eso?
Saludos

Juan G Ochoa

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