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Las botas rojas

La noche anterior había llovido torrencialmente. El río, con la marea alta y la lluvia, había inundado las riveras más de lo acostumbrado. Había subido tanto el nivel del agua que las trozas que estaban almacenadas en el estanque del aserrío estaban ahora flotando en río abierto y la corriente –disminuida por el momento por la marea alta- las llevaba lenta pero inexorablemente, hacia la desembocadura a sólo 5 kilómetros río abajo. La mayor preocupación de mi papá era que tenía solamente dos horas como máximo para luchar por recuperar lo que más pudiera, después empezaría el reflujo de la marea y la corriente sería mucho más fuerte. El estanque había quedado repleto de madera desde el fin de semana anterior con la última compra que les había hecho a los hermanos Domicó, pero con la crecida quedaba ahora medio vacío, y a pesar de los esfuerzos de los aserradores, coteros, y demás trabajadores del aserrío y de varios troceros que llegaron a ayudar, no se veían los resu...

El Bufeo

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Tenía un buen rato sentado en el borde del pequeño muelle sobre el río. Colgando las piernas sobre el agua y pensando -Qué tal si aparece un tiburón y me agarra las piernas? -Valga decir que el único tiburón que había visto hasta entonces era un pequeño ejemplar, de no más de 15 centímetros, que había quedado enredado en la red del viejo Alomía. Y me sentía súper grande dejando mis piernas balancearse sobre mi reflejo en el espejo sereno del agua tranquila a solo unos centímetros bajo mis pies. Mi impaciencia de pescador novicio no me permitía la quietud y sosiego que mi papá –de pie detrás de mí, vigilante y solícito consejero- me recomendaba: - estése quieto mijo, que lo menos que pasa es que se va al agua y me toca a mí pescarlo…además que con tanta joda pa’llá y pa’cá no hay pescado que se le arrime…- Era uno de mis primeros pasos en ese ilógico y para mí aún hoy casi místico quehacer de la pesca., en el cual días antes ya había disfrutado el dulce sabo...