Temblor!!
Lo que voy a relatar ahora hace parte de la primera memoria”conciente” que tengo. Es el primer recuerdo de mis padres y de lo que la relación filial conlleva, que se quedó grabado en mi mente -como si fuese el anuncio publicitario de una película de estreno, de esos que terminan con….”MUY PRONTO…En un cine cerca de Usted”- como una recopilación de imágenes entrecortadas, sin encadenamiento, que luego con la ayuda de los relatos de mis padres años después pude darles una sucesión lógica, para ahora reunirlos y darle una versión escrita. Los hechos ocurrieron en Buenaventura, alguna vez durante el año 1956…
La primera impresión que recuerdo de esa noche es el aullido constante de Sultán, el perro de mi padre, acompañado por el maullido de los gatos de la vecina, por algún gallo en las cercanías que, según parecía, quería ya hacer levantar el sol con su canto trasnochado y creo que por toda clase de voces y sonidos animales, que ni entonces ni ahora consigo identificar. En el cielorraso se sentía un constante arañar -de algo que hoy entiendo eran ratones.... Arañar frenético, desesperado. Luego vino un silencio total durante un tiempo que hoy soy incapaz de determinar, para luego oírse una especie de rugido, era como el ruido de un trueno, o como del motor de un camión enorme que estuviera bajo mi cuarto. Y empezó toda mi realidad a sacudirse…con fuerza, con rabia casi. Al mismo tiempo escuché los pasos apresurados de mi madre y la voz agitada de mi padre:
-Está temblando! Está temblando mija! Coja el niño que hay que bajar y salir a la calle!
La imagen que recuerdo luego es la silueta de mi madre inclinándose hacia mi cuna, con la figura de mi padre tras ella extendiendo los brazos para recibirme en ellos. Luego me veo en brazos de mi padre, con mi cabeza recostada sobre su hombro y mi madre toma mi mano y la estrecha mientras salimos del cuarto hacia las escaleras. La lámpara del salón se apaga y enciende repetidamente...
-Dios mío, favorécenos! murmura mi madre. El cuadro de la tormenta, que colgaba en el pasillo, estaba inusualmente torcido y al llegar al borde de la escalera al piso inferior, un sacudón nos empuja a los tres contra la pared y se oye al mismo tiempo un golpe resquebrajante en el techo y los vidrios de las ventanas de toda la casa se estremecen por la vibración. El bombillo que se encuentra sobre nosotros, con sus idas y venidas pendulantes le da un matiz de misterio a esas escalas a las que yo jamás me acercaba solo.
Ya la tierra no se estremecía y el rugido desde sus profundidades se había convertido en un angustioso silencio, roto a veces por la caída de algún trozo de pared, o por el tañer de las campanas de alguna de las iglesias de la ciudad, llamando a la población a buscar “refugio” en su interior o para advertir a la humanidad pecadora que lo ocurrido era un castigo de Dios y que debían enmendarse. La calle, quieta de nuevo, daba cabida a una pequeña multitud que poco a poco recobraba su movilidad y se iban formando pequeños grupos en donde se discutía si era o no seguro regresar a las casas. Cada quien contaba su historia de cómo fue sorprendido por el temblor, y en todos los grupos se oían las referencias y las comparaciones con temblores anteriores…No hubo afortunadamente pérdida de vidas aunque algunas casas de la cuadra quedaron dañadas, entre ellas la casa donde vivíamos, donde una pared de la casa ubicada detrás, se derrumbó sobre la cocina de la nuestra, dejando un enorme hueco en el techo y la cocina cubierta de escombros…
De esos momentos después del temblor, recuerdo especialmente que en el lugar donde estábamos, en medio de la calle, recibíamos directamente el soplo de la brisa del mar, al que se le veía al fondo, al terminar la calle. Era especialmente reconfortante sentir la brisa allí, aferrado al regazo de mi mamá, y recostado al pecho de mi papá. También recuerdo que, a pesar de que ya lo peor había pasado y que alrededor todo reanudaba su ritmo poco a poco, nosotros tres permanecíamos abrazados allí, quietos, estáticos, solamente oyendo la respiración de los otros dos. En medio de ese abrazo cálido, arrullante en la seguridad que trasmitía, siento que ambos se confunden en un solo sollozo, y dando rienda suelta a la angustia producida por el terror vivido:
-Bendito sea Dios mijo, que no nos pasó nada-dijo mi madre.
-Sí mija, bendito sea. Bendito sea, -repitió mi papá, secándose rápidamente el lagrimón que empezaba a correr por su mejilla…
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