Las botas rojas


La noche anterior había llovido torrencialmente. El río, con la marea alta y la lluvia, había inundado las riveras más de lo acostumbrado. Había subido tanto el nivel del agua que las trozas que estaban almacenadas en el estanque del aserrío estaban ahora flotando en río abierto y la corriente –disminuida por el momento por la marea alta- las llevaba lenta pero inexorablemente, hacia la desembocadura a sólo 5 kilómetros río abajo.

La mayor preocupación de mi papá era que tenía solamente dos horas como máximo para luchar por recuperar lo que más pudiera, después empezaría el reflujo de la marea y la corriente sería mucho más fuerte.

El estanque había quedado repleto de madera desde el fin de semana anterior con la última compra que les había hecho a los hermanos Domicó, pero con la crecida quedaba ahora medio vacío, y a pesar de los esfuerzos de los aserradores, coteros, y demás trabajadores del aserrío y de varios troceros que llegaron a ayudar, no se veían los resultados.

Mi papá corría de aquí para allá, saltando entre los charcos y con el agua a los tobillos, dando órdenes a los braceros. Tenía ya medio loco a Policarpo, el capataz, dándole órdenes sobre lo uno y lo otro, que haga esto y aquello, y todo ¡Inmediatamente!

Con dos chalupas con motor fuera de borda trataban los troceros de atajar los troncos que iban corriente abajo, amarrarlos y remolcarlos de regreso. Varios estaban en sus canoas junto a la entrada del estanque para empujarlos hacia adentro, pero debían tratar al mismo tiempo de mantenerse en su lugar, ya que la corriente los llevaba río abajo.

Sobre el estanque, que tenía en su punto más ancho unos 30 metros, cruzaba un puente de madera, ubicado más o menos en la mitad, y que comunicaba la casa y el aserrío con el caserío. El puente era de construcción rústica, a tablas, sin barandas, y en ese momento el agua llegaba ya al borde de las tablas. Las trozas se estaban represando en el puente y ya era difícil encontrar sitio libre en la entrada del estanque. Varios hombres estaban sobre el puente empujando las trozas con varas, ganchos, con lo que encontraran, para que pudieran pasar por debajo del puente y no se bloquearan allí, Otros dos estaban ya en dentro del agua, empujándolas a brazo limpio. Debían empujarlas hacia abajo, sumergiendo la punta en el agua y empujándoles hacia el otro lado, para que así quedaran seguras al otro lado del puente.

Yo miraba todo aquello desde el corredor de la casa, parado allí, aferrado a los barrotes de la baranda y esperando solamente la oportunidad para salir corriendo y acercarme al puente, y verlo todo más de cerca, y (¡por supuesto!) -porqué no? -ayudar en la gran tarea que todos esos señores tenían encima… La oportunidad que esperaba era que mi papá se retirara del puente pues ya repetidas veces me había ordenado (en todos sus tonos, incluyendo los más convincentes):

-¡De ahí no se mueve usted jovencito!, ¡no esté por aquí estorbando!…, ¡además está lloviznando y se puede enfermar! ¡¿Qué tal si le da una pulmonía o algo así?!

Entonces lo que debía hacer primero era evitar el problema de la posible pulmonía, y eso lo arreglé con mi sombrero, con la capa de lluvia y con mis botas rojas. Aquellas botas eran mis preferidas, me las habían regalado mis padres en la Navidad anterior. Eran “auténticas” botas de vaquero, tenían unas estrellas blancas a los lados que resaltaban sobre el reluciente fondo rojo, y me llegaban a la mitad de la pierna. No necesitaba nada más. Con mi nueva vestimenta, sombrero, capa y botas, salí de nuevo al corredor y para mi alivio no ví a mi papá por ninguna parte en las cercanías del puente…

Ni corto ni perezoso corrí hasta el puente y tomé uno de las varas que los hombres sobre el puente estaban utilizando para empujar las trozas. Miré de nuevo a mi alrededor para asegurarme que mi papá no estuviera en las cercanías, escogí una de las trozas que estaban a medio camino de pasar al otro lado, y empecé a empujar…Y empujé…. Y empujé. Cuando la troza estaba completamente al otro lado del puente, sentí una satisfacción enorme al comprender que la tarea no era tan difícil y que ya estaba cogiéndole el tiro a la cosa.

Animado con mis avances no vacilé un segundo y escogí una troza que se encontraba casi completamente bajo el puente y cuyo extremo apenas se asomaba. No me daba cuenta de nada más de lo que ocurría a mi alrededor, estaba como en trance con mi “trabajo” y empecé a empujar la troza apoyando la punta de la vara sobre la corteza de la troza medio sumergida…

Todo iba muy bien hasta que otra troza adelante detuvo el avance de la que yo empujaba, y había otra más adelante, y otra más…. Esa tercera era la que era necesario mover. Era solamente necesario encontrar una vara más larga para poder alcanzar esa troza que me ocasionaba problemas. Tomé entonces una lo suficientemente larga como para alcanzar el extremo de la troza en cuestión y empecé a empujar apoyándome en la vara con el peso de mi cuerpo para empujar de una manera más efectiva. Estaba funcionando el método porque mi cuerpo se iba inclinando más y más hacia el agua en mi afán de empujar lo más posible el tronco que ya era casi inalcanzable. Fue entonces cuando al tratar de enderezar mi cuerpo y recuperar el balance, resbaló la punta de la vara sobre la corteza del tronco y yo perdí el equilibrio.

En ese mismo momento alcancé a vislumbrar por el rabillo del ojo una silueta familiar que, corriendo casi, cruzaba el puente desde el lado opuesto en dirección hacia mí.

Caí sobre una troza y al tratar de aferrarme a ella lo que logré fue girarla y quedé precisamente debajo de ella…. Aún sin comprender la gravedad de mi situación, o tal vez a causa del chock nervioso, contemplaba detenidamente y casi maravillado ese paisaje sumergido: Sobre mí, las trozas se veían como una multitud de masas oscuras, largas y rectangulares, casi simétricamente alineadas, que dejaban pasar la luz entre ellas a través del filtro gris-verdoso del agua; creando un fascinante contraste sobre el fondo del estanque. Y abajo, en el fondo, que en ese punto de mi caída no estaba a más de dos metros de la superficie, la tenue claridad me permitía reconocer algunos de los objetos que en un momento dado habían sido parte importante de mis juegos…..-un velero acá, un llanero solitario sin caballo más allá, una pelota de letras desinflada…… de repente sentí un jalón tremendo en una de mis piernas y rápidamente estaba con la cabeza fuera del agua y con los brazos de mi papá alrededor de mi cuerpo. Me levantó en sus brazos y me colocó boca abajo sobre las tablas del puente.

Me había visto desde el otro lado del puente y se acercó a mí rápidamente porque presentía lo que iba a ocurrir. Llegó junto a mí precisamente en el momento de mi caída y se lanzó al agua detrás de mí. Cuenta que no pudo verme en el primer momento, fue sólo después de unos instantes cuando vió mis botas rojas agitándose en el agua.

Aún sin salir del agua sostenía mi cabeza y me daba golpecitos en la espalda y me decía: respire, respire profundo….Se apoyó en el piso del puente y se impulsó saliendo del agua…

-Cómo se siente mijo?

-Mmmm uhmm e hice un movimiento con la cabeza que yo suponía él traduciría como “-Bien papá, gracias”

Me ayudó a levantarme, me quitó el sombrero, la capa y las botas al tiempo que me decía: -porqué carajos es tan desobediente? Qué susto me dio!... y me abrazó fuerte. Comenzamos a caminar hacia la casa y yo, temblando por el frío y por el susto, no encontré nada más que decir sino: -Sabes papá? Ya encontré “el llanero”, está allá abajo….

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