ARICA, 1974



El oficial examinó detenidamente cada uno de los ocho pasaportes. Su rostro, con una barba de al menos tres días, mostraba tanto cansancio como irritación. Era evidente que tenía prisa por terminar el proceso de salida. El reloj colgado en la sucia pared marcaba las doce y cuarenta y el calor del mediodía hacía que al mirar al horizonte la ilusión óptica mostrara un pavimento y un desierto hirvientes.
El oficial entregó el paquete con los pasaportes y los documentos del campero a Mauricio. Todo estaba en orden, ya estaba registrada la salida en todos los pasaportes y en los documentos del campero y era solo continuar hasta el puesto fronterizo de la frontera peruana ubicado un kilómetro al norte, unos 500 metros después de la línea fronteriza entre los dos países.
Esa mañana habían salido de Iquique con la determinación de llegar hasta Arequipa. Estaban casi en la mitad del total de 800 y tantos kilómetros entre las dos ciudades y pensaban hacer una parada para almorzar en Tacna, la primera ciudad peruana después de la frontera.
El paso por Arica había sido bastante fugaz, con sólo una parada a un lado de la Costanera para tomar unas fotos al histórico Morro y para comprar unas cuantas botellas de agua mineral frías para el calor agobiante. Eduardo, Jorge, Francisco y Joaquín querían quedarse en Arica durante el fin de semana y tomar un descanso después de la maratónica travesía por la desértica geografía de la costa chilena. Todo lo contrario era el deseo del resto del grupo. José y Mauricio eran quienes tenían bajo su responsabilidad el cuidado del campero ya que los propietarios eran los padres de Mauricio quienes habían dado la fianza que la aduana requirió para autorizar la salida del país del vehículo; y José era uno de los tres conductores junto con Mauricio y Gabriel, y además un mecánico experto, que estaba convencido que debería estar de regreso pronto pues tenia mucho trabajo pendiente en el taller de su padre.Luis quería solamente llegar lo antes posible a su casa, pues no soportaba a nadie ni nadie soportaba su inconmensurable prepotencia. Gabriel era amigo y compañero de trabajo de José y por lo tanto siempre pensaba como él para evitar fricciones que pudieran afectar su posición en el taller. De manera que a la hora de medir fuerzas y tomar la decisión de quedarse en una carpa frente a la playa hasta el lunes o de continuar hacia el Perú, la balanza estaba definitivamente inclinada hacia la continuación del viaje ese sábado rumbo al norte.
Subieron de nuevo al vehículo y recorrieron la corta distancia hasta el puesto fronterizo peruano.
Al llegar a la caseta de control el funcionario tras la ventanilla les dice que deben parquear el vehículo y regresar a hacer la fila para la revisión de los pasaportes. El calor se siente aumentar y tras la ventanilla el escuálido ventilador del techo parecía hacer esfuerzos enormes para dar sus giros que solamente hacían que el calor circulara más fluidamente en el interior del pequeño cuarto. El funcionario tenía su frente perlada de sudor y la camisa de su uniforme mostraba enormes manchas oscuras bajo los brazos.
-Quién es el dueño del campero?-preguntó.
-Yo soy el responsable del vehículo- se apresuró a decir Mauricio. No es mío pero aquí tengo todos los documentos que me autorizan a conducirlo y a representar al propietario, mi papá, en todos los trámites que sean necesarios.
-Entonces tenemos un problema. El vehículo no puede entrar. El funcionario a cargo de los trámites de vehículos ya se ha ido a su casa y regresa el lunes. Otra cosa sería si el vehículo fuera a regresar, si fuera un vehículo de servicio público, si fuera un bus o un taxi, entonces no habría problema. Ustedes pueden entrar ya, el vehículo entra el lunes.
Eso cayó como una piedra en el animo de quienes querían continuar, y como una merecida recompensa para quienes querían hacer una pausa. No hubo entonces mas remedio que devolverse al puesto de control chileno.
El funcionario chileno los recibió con cierta irónica sonrisa como si adivinara lo que había ocurrido al otro lado de la linea fronteriza. -A ver, pasen los documentos les anulo los sellos de salida.dijo el funcionario, casi con amabilidad.
-No hay nada más que hacer sino tomar las cosas con optimismo, dijo Francisco dirigiéndose a Jorge y Mauricio.- No hemos podido seguir porque seguramente Dios nos tiene reservada una gran sorpresa, ya verán.
-Es verdad, dijo Jorge, vamos entonces a almorzar y luego buscamos un lugar tranquilo donde acampar estos dos días.
De repente el sólo mencionar la palabra "almorzar" cambió por completo el ánimo de todos y empezaron a reír y hacer chistes y comentarios sobre todo lo que veían. Almorzaron en un restaurante de comida rápida que encontraron en el centro de Arica y luego condujeron a lo largo de la avenida costanera buscando un lugar apropiado para armar las carpas. Querían un lugar tranquilo pero todos los lugares en la playa parecían estar llenos de bañistas. A medida que se acercaban a las afueras de la ciudad disminuía la cantidad de gente pero al mismo tiempo disminuían los lugares atractivos o con posibilidad de acampar. Llegaron a los límites de la ciudad y no encontraron un lugar adecuado.
-Regresemos y hagamos el recorrido en sentido contrario y miremos más detenidamente, sugirió Eduardo. Esta vez llegaron al límite del casco urbano al norte de la ciudad con el mismo resultado que antes, aunque esta vez ya tenían dos o tres lugares donde tal vez podrían quedarse. Regresaron de nuevo y se detuvieron en el primer sitio conde no había tanta gente pero que ofrecía un lugar relativamente amplio para las dos carpas. Era una playa privada que pertenecía a un restaurante y cobraban una tarifa por persona que les pareció muy alta. Continuaron y en el segundo lugar que les había gustado ya no encontraron lugar. Siguieron y ya habían salido de la zona del centro y se dirigían al límite sur de la ciudad cuando encontraron un sitio en el que no había mucha gente y que tenía muchísimo espacio disponible. También era un restaurante pero el propietario les dijo que podían armar sus carpas y quedarse allí si consumían en el restaurante.
Estuvieron de acuerdo y entonces procedieron a ubicarse en lo que les pareció el mejor lugar de la playa.El sitio era una pequeña bahía, de unos cien metros de larga, formada en parte por un atolón natural a la izquierda, de enormes rocas que penetraban en el mar unos cincuenta metros; y por un atolón artificial a la derecha, medio destruido por la acción de las olas, que se insinuaba apenas unos veinte metros desde la orilla, al frente del restaurante.
Todo el terreno tenía una leve inclinación, desde la entrada hasta la orilla, lo cual explicaba en parte la ausencia de bañistas -supusieron ellos.Pero eso no les importó mucho y armaron sus carpas al pie de la enorme masa de rocas del pequeño atolón de la izquierda.

Luis, Eduardo,Joaquín y Jorge se prepararon para tomar un baño mientras los demás tomaban una siesta o daban un paseo por la playa. Las olas golpeaban con particular energía junto al atolón natural lo que les obligó a entrar al agua un poco más al centro de la. Bahía donde aparentemente las olas no quebraban con la misma fuerza. Jorge y Eduardo no sabían nadar, por lo que se mantuvieron detrás de Joaquín y Luis quienes, aunque no nadadores expertos, decían tener más "experiencia". Jugaban alegremente con las olas que quebraban en la orilla y, sin advertirlo siquiera, después de unos cuantos pasos ya estaban con el agua en el pecho. Debido a la inclinación del terreno en la orilla, cada paso que daban los llevaba medio metro más abajo de la superficie. Joaquín y Luis se detuvieron para regresar hacia la orilla. En ese momento una enorme ola empieza a quebrar a sólo un par de metros y los cubre completamente a los cuatro. Durante unos interminables momentos estuvieron bajo el agua y la fuerza de la ola invirtió su posición quedando Eduardo y Jorge un par de metros más retirados de la orilla y Joaquín y Luis más cerca de la playa. Eduardo no tenía apoyo en los pies y trataba de regresar al sitio donde pudiera apoyar sus pies en tierra. Jorge, de igual manera trataba de llegar a una roca cercana, parte del atolón artificial. Joaquín estaba más cerca a Jorge, a sólo un par de metros y se dirigió en su ayuda. Luis por su parte, nadaba con energía para alcanzar a Eduardo a quien el oleaje alejaba más y más y que hacía gestos desesperados pidiendo ayuda. Joaquín ayudó a Jorge a que llegara a una de las rocas componentes del atolón artificial y una vez seguro de que Jorge pudo llegar a la parte del atolón conectada a tierra, fue también a ayudar a Eduardo.Mientras tanto en la orilla los otros cuatro muchachos corrían de un lado a otro; unos al atolón para ayudar a Jorge, otros al restaurante a pedir ayuda y otros trataban de, a gritos y agitando los brazos, llamar la atención de las lanchas que cruzaban por el lugar. Poco a poco fue creciendo el grupo de gente que contemplaba la trágica escena desde la orilla.
Los ojos de todos estaban clavados en Eduardo, aun relativamente cerca y fácilmente visible entre la masa de agua por su camiseta blanca; y en Joaquín y Luis quienes no conseguían acercarse a Eduardo, las olas parecían querer llevárselo rápidamente y no podían acercarse. Eduardo ya no agitaba sus brazos, parecía que estuviera inconsciente, aunque curiosamente mantenía su cabeza fuera del agua. Joaquin y Luis daban enérgicas brazadas tratando de acercarse a Eduardo pero ya estaba muy retirado, las olas eran cada vez mas grandes y antes de que pudieran acercarse a él y ante los ojos impotentes y angustiados de todos, Eduardo desapareció. Un grito ahogado fue la reacción inmediata de sus compañeros y un murmullo de estupor y desconsuelo se fue regando por la playa entre los presentes. En el animo de los muchachos un sentimiento de frustración, ira y profunda tristeza hizo que todos se buscasen los unos a los otros y en un abrazo colectivo derramasen sus primeras lágrimas por el amigo que se fue.
No tardo mucho tiempo para que una patrulla de la policía y una ambulancia llegaran al lugar. El oficial de policía pidió por su radioteléfono la presencia de buzos para que empezaran la búsqueda del cuerpo. Luego reunió a los muchachos junto a las carpas, retirados del resto de la gente.
-Por qué se bañaban aquí? Fue su primera pregunta.
-No saben que esta prohibido bañarse aquí? Cinco personas se han ahogado en este lugar! El dueño del restaurante debió informarles debidamente. Hay un aviso allí a veinte metros, pero esta completamente destruido. Por supuesto que todos los accidentes son absurdos, pero en éste caso parece que todo se ha "arreglado" para que las cosas sucedieran como sucedieron.
Un pesado silencio cayo sobre el grupo y en un principio nadie se atrevió a modular palabra alguna. De alguna forma todos se sentían culpables por lo ocurrido. Unos por no haber escogido otro lugar, otros por no haber apurado la salida de Arica media hora antes, cuando el funcionario peruano todavía estaba en servicio, otros por no estar en el agua en el momento de la tragedia, otros por no haber evitado que los cuatro jóvenes entraran al agua en un lugar que ahora parecía un sitio no adecuado para el baño; -curiosamente el mar parecía mas enfurecido ahora-
El silencio fue roto por Mauricio quien, con reproche y sarcasmo preguntó a Francisco; -es esta la sorpresa que Dios nos tenia reservada? Francisco no encontró mejor respuesta que un digno silencio, aunque la respuesta que hubiera querido dar era un puñetazo directo a la enorme nariz de Mauricio.
Después de hablar con el policía se dispersaron y lo que antes parecía ser una división momentánea de la unidad de grupo, fue confirmado casi que por una selección natural: José, Mauricio, Luis y Gabriel formaron un grupo y Joaquín, Francisco y Jorge formaron el otro. Los dos grupos fueron hacia la orilla y los arrecifes del atolón con la esperanza de volver a ver el cuerpo de Eduardo. Según el policía y el buzo que ya había hecho la primera búsqueda en el área inmediata al sitio donde desapareció el cuerpo, dijeron que lo más seguro es que el cadáver quedó en una de las innumerables grutas que habían unos 20 metros adelante y que las olas lo sacarían de nuevo a flote no antes de 24 horas. Ya empezaba a oscurecer y al día siguiente los buzos reanudarían la búsqueda.
Naturalmente no hubo otro tema de conversación que las circunstancias alrededor de la muerte de Eduardo. Al caer la noche hicieron una pequeña hoguera frente a las carpas. Sentados alrededor del fuego los muchachos expresaron su dolor de la forma en que cada uno lo sentía. Todos recordaron momentos alegres con Eduardo y comentaron anécdotas que ponían de manifiesto el espíritu simple y generoso, idealista y un poco ingenuo que todos admiraban en el muchacho de 19 años que no volverían a ver.
Esa noche ninguno durmió con tranquilidad. Joaquín, que no podía conciliar el sueño, caminó por la playa alrededor de dos horas, y regresó a las carpas a eso de la medianoche. José y Mauricio discutieron las alternativas que la tragedia les presentaba. Al no saber con certeza cuanto tardaría la búsqueda del cadáver, no sabían cuando podrían continuar el viaje.
La mañana del domingo transcurrió sin novedades acerca del cuerpo de Eduardo. Al principio de la tarde llego una patrulla con cuatro uniformados y la esperanza renació en los muchachos quienes creyeron que traerían la noticia de que habían encontrado a Eduardo. Uno de los uniformados, un suboficial, dirigiéndose a todos, dijo- Tengo algo importante para comunicarles, así que escojan quien los represente, y le dan autoridad para tomar decisiones por ustedes.Tienen cinco minutos para hacer su elección.
Después de varios intentos quedaron dos nombres como claros favoritos, José y Francisco. La última votación deja a Francisco fuera y casi por unanimidad se escogió a José como representante del grupo.
José y el suboficial se retiraron del grupo y hablaron unos minutos. Los policías se marcharon y José regresó a las carpas con el resto del grupo.
-Las autoridades de Arica ofrecen alojamiento gratuito y alimentacion a uno de nosotros hasta que el cuerpo de Eduardo sea encontrado.Si alguien más quiere quedarse se queda por su cuenta y riesgo. A mí me parece que ustedes deben continuar con Mauricio y Gabriel conduciendo y yo me quedo para hacerme cargo de todos los trámites del traslado del cadáver. Le he dicho a los policías que ustedes saldrán mañana temprano. El grupo acató en silencio la decisión de José, pues todos estaban de acuerdo en que era lo más acertado.
Pasaron el resto del día organizando sus cosas y empacando todo en el remolque. Joaquín se hizo cargo de las cosas de Eduardo y las empacó con sumo cuidado, casi como sí fuera un ritual.
A la mañana siguiente, después del desayuno,se reunieron todos en la playa frente al lugar del accidente y cada uno dijo unas palabras de despedida a Eduardo. Minutos después se despiden de José y abordan el vehículo. Al empezar a rodar dan todos una última mirada al sitio donde vieron desaparecer a su amigo.
Los hechos de las últimas 48 horas marcaron las vidas del grupo de jóvenes y nada volvería a ser como antes. En las mentes de todos aparecieron pensamientos que sembraron sentimientos profundos y que serían decisivos para definir el rumbo que tomarían en sus vidas.

El cadáver fue encontrado en la playa, el martes siguiente, algo más de 400 metros del lugar de su desaparición. El dueño del restaurante fue multado por las autoridades de Arica y
enormes avisos, alertando de la prohibición de bañarse en esa área fueron colocados a lado y lado de los atolones y a la entrada al restaurante.

Años después, el recuerdo de los tristes hechos de ese mes de marzo se presentaba en la mente de todos de manera diferente, suscitando sentimientos encontrados pero todos con un algo en común que los unía, sin importar los distintos rumbos que haya tenido cada uno en sus vidas, y ese algo era la solidaridad y fraternidad que solamente en los momentos difíciles surge como alternativa para dar fuerza y serenidad al espíritu.

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