RAÚL




-Ya empezaron a quemar las benditas papeletas, este año empezaron temprano con la parranda de las vísperas del 6 de enero. dijo mi mamá mientras acariciaba con ternura las cabezas de Kuka y Prity que corrieron a esconderse tras sus piernas al oír los primeros estallidos.
-Estas serán posiblemente las últimas, tené en cuenta que llevamos en éstas ya un mes, desde la fiesta de alumbrados. respondió mi padre levantándose de la hamaca. Golpeó suavemente la pipa en la baranda para sacarle la ceniza y de inmediato empezó a llenarla de nuevo. -pero sí, tenés razón, parece que va a ser una larga noche, afortunadamente está ventiando y no hay mucho zancudo.
Encendió la pipa con cortas y enérgicas chupadas y regresó a recostase en la hamaca.
Yo estaba empeñado en ayudarle a mi madre con un enorme rompecabezas de mil piezas que estaba armando sobre la mesa auxiliar. Era un hermoso paisaje suizo o alemán de una aldea a orillas del Rhin, con los picos nevados de los Alpes al fondo y una idílica rivera en primer plano. Teníamos casi terminado el contorno de la imagen y el entusiasmo de mamá era contagioso.
La brisa que soplaba traía de vez en cuando los ecos de los gritos y música de la fiesta en el pueblo, aunque a mi me parecía más y más una mezcla caótica de gritos, algo de música y estallidos, estallidos que sonaban más y más como algo diferente a papeletas. La situación de la casa era privilegiada porque se encontraba dando la espalda a una cañada generosa en vegetación y aguas, en una esquina natural sobre el primero de los grandes escalones que el tiempo y el Río Sucio habían labrado en esa parte de la topografía paisa, abriendo espacio para el pequeño valle donde, en la orilla occidental del río, se había desarrollado el pueblo. La ubicación de la casa permitía que los sonidos emitidos en el pueblo llegarán a la cañada, como dándole la vuelta, y se quedasen allí buscando salida. Al fin y al cabo no es tan extraño ya que eran solamente algo mas de dos kilómetros desde la casa hasta el marco de la plaza.
En algún momento se silenció la música y sólo se escuchaban gritos esporádicos seguidos de algún estallido. -Se está quemando algo en el pueblo, dijo papá. Nos levantamos todos y nos paramos junto a la baranda para poder ver mejor. La enorme ceiba frente al corredor nos impedía ver bien y salimos de la casa para ubicarnos mejor y ver donde era el incendio. Desde afuera tampoco podía verse mucho, salvo un pequeño punto del que salían las llamas pero no parecía que fuera un incendio de proporciones serias.
No alcanzo a ver bien donde es el incendio, parece que es cerquita a la plaza pero no estoy seguro. Ya vámonos a acostar que mañana hay que madrugar.-terminó por decir papá dirigiéndose con pasos largos y decididos hacia la casa.

Había terminado su día de trabajo y no había sido un día fácil. Su trabajo como secretario de la alcaldía se había complicado y tomado otra perspectiva desde el día en que el gobernador firmó el decreto sobre el alcalde militar en el pueblo, debido a los "problemas de orden público". Entre las órdenes que recibió del nuevo alcalde,un coronel del ejército recién ascendido, la mas importante según el coronel era la orden explícita de vigilar el comportamiento de los soldados con la población civil y reportar todas las irregularidades y faltas de conducta que se presentasen.
Eso ya le había traído algunos problemas, a causa de que era la opinión general en el batallón, tanto entre oficiales como soldados, que el puesto de Secretario de la Alcaldía debería ocuparlo un militar, ya que el alcalde era un militar.Pero la posición del coronel era bien definida en ese sentido y no dio pie atrás a pesar de las protestas y el descontento.
Ese día había sido especialmente difícil pues había informado un incidente en el que una muchacha de 16 años había sido molestada y acosada sexualmente por tres soldados y un suboficial durante una ronda de patrullaje la noche anterior. Su informe ocasionó que los soldados fueran sancionados con suspensión de permisos de fin de semana por término indefinido y al suboficial le asignaron guardias nocturnas una semana.
Quiso quedarse organizando sus papeles y adelantando un poco su trabajo para la próxima semana. Trabajó sin pensar en la hora hasta que el hambre y el calor lo sacaron de la oficina. Ya estaba oscuro y en la plaza del pueblo empezaba ya la vida nocturna con los grupos de jóvenes alrededor de la enorme ceiba y en el kiosco ya estaba la música haciendo eco en los cuatro esquinas de la plaza. Se dirigió rápidamente al kiosco para tomarse una cerveza fría y camino allí se cruzó con una patrulla de la policía militar. Algunos pasos después que se cruzara con ellos escuchó que uno de ellos gritó a su espalda: -Sapo!
Continuó su camino sin inmutarse y subió al segundo piso del kiosco. Arriba habían unos cuantos campesinos sentados alrededor de una mesa repleta de envases vacíos de cerveza y un grupo de soldados de pie junto al mostrador del bar. Raúl caminó tranquilamente hacia el mostrador y con voz pausada dijo al cantinero
-una cerveza bien fría, hágame el favor.
Al mirar al grupo de soldados ve que dos de ellos portan sus armas de dotación y que en el piso, contra el mostrador del bar, hay tres carabinas. Sobre el mostrador había una botella de aguardiente. De los ocho soldados cinco tenían sus armas en un lugar publico mientras ingerían alcohol.
-Sirvale una gaseosa al señor secretario. La cerveza le hace daño a los sapos...La cerveza y el aguardiente es pa'los varones! -dijo el sargento que comandaba el grupo,dirigiéndose al cantinero. El cantinero, un hombre de corta estatura y débil apariencia miró a Raúl como preguntando qué hacer, mientras un silencio cortante se adueñaba de todos los rincones del local. Los cuatro campesinos que estaban al otro lado del kiosco, alrededor de una de las mesas que daban a la plaza, callaron de repente, como acompasando el silencio reinante. Raúl hace un gesto al cantinero indicándole que no le sirva nada, y da la espalda para dirigirse a la salida. De repente el sargento se le pone enfrente y con el rostro casi pegado al suyo le increpa:
-No nos desprecie la invitación secretario, no se vaya sin que le atendamos como se merece, tómese su gaseosita...le dice en tono sarcástico.
-Se me quitó la sed sargento, no se moleste. Dijo Raúl mientras trataba de eludir el rostro del militar -que apestante a licor- se acercaba más y más al suyo.
-O se la toma o se la unto... Le dice amenazante mientras los soldados los rodean. Raúl trata de salir del cerco y es entonces cuando uno de los soldados lo golpea en la cabeza con la culata de su fusil.
Queda tendido en el piso, medio inconsciente por el golpe. Al tratar de ponerse de pie uno de los soldados le da una patada en un costado y vuelve a caer de bruces.
-Es que se va a poner de grosero desafiando la autoridad.... Vamos a llevarlo al calabozo a que se le pase lo alebrestado. Levántenlo! Ordena el sargento.
Lo levantan entre dos soldados y lo empujan hacia las escaleras. Trata de zafarse de las manos de los dos que lo llevan de los brazos y al hacerlo empuja a uno de los soldados que tropieza con una silla, da un traspié y cae.
-Este hijueputa qué se cree? Le grita uno de los soldados. Otro culatazo aún más fuerte que el anterior lo derriba de nuevo. En su estado medio inconsciente siente la sangre caliente rodar por su cabeza, inundar el piso y empapar su camisa.
-Uy, así no lo podemos llevar, hay que ponerlo presentable, jajajaja. Hay que lavarle la cabeza, quítenle la camisa y llévenlo al baño.
Lo arrastran hasta el sanitario público del bar dejando tras de sí el rastro sangriento y Raúl despierta con el olor nauseabundo, mezcla indefinida de olor a vómito, orines y heces. Lo arrastran hasta el lavadero de los trapeadores y utensilios de aseo. Le arrancan la camisa ensangrentada y le meten la cabeza en el tanque lleno de agua sucia y pestilente.
-Bueno, suficiente de maquillaje, al calabozo con él! dice el sargento. Lo levantan y a empujones lo llevan hacia las escaleras.Al llegar allí alguien del grupo le da un empujón y Raúl rueda escaleras abajo mientras las carcajadas de los soldados retumban en su cabeza. Al llegar a la calle se levanta con dificultad, su primer impulso es salir corriendo pero su pie izquierdo se ha descompuesto en la caída por las escaleras y permanece inmóvil. Su instinto de supervivencia le dice que su situación es sería y que tiene que hacer algo drástico para salvarse de una muerte segura. Los soldados se aproximan y Raúl toma una piedra del suelo y la arroja al sargento. La piedra cae a los pies del sargento sin rozarlo siquiera.
-Eso es agresión a la autoridad. Voy a tener que defenderme... Dice mientras desenfunda su pistola.
Ya empezaba a reunirse gente que formaban un semicirculo alrededor de Raul y los soldados. La gente murmuraba su indignación por el atropello del que Raúl era víctima, y los soldados hacen un círculo para impedir que la gente se aproxime. El sargento se acerca a Raúl y le pone la pistola en la frente.
-Pero afortunadamente tenemos testigos del ataque del que he sido víctima y todos pueden decir que yo estoy obrando en defensa propia...En el monte esto no se perdona, y aquí tampoco, usted es un subversivo infiltrado y vamos a hacerle aquí mismo un juicio sumario.
-Contreras! Le grita al soldado que tiene un radio de intercomunicación.
-Comuníquese al comando y informe que hemos detenido un subversivo en combate en el área urbana y solicite refuerzos.
La gente se apretujaba y se oían las primeras protestas. Los soldados nerviosos apuntaban sus armas a la pequeña multitud. Las voces de protesta subían de volumen, -abusivos! Está herido y desarmado! Pelusita, la demente conocida por todos por su eterna sonrisa, quiso evadir el cerco para acercarse a Raúl. Un soldado la empujó y la mujer cayó al suelo. Una gritería de indignación estalló en el seno de la plaza y la gente se acercaba amenazante a los soldados. Uno de ellos levanta su fusil y dispara una ráfaga al aire. La gente retrocede temerosa un par de metros. El sargento da órdenes para llevar a Raúl junto a la enorme ceiba frente a la iglesia en construcción.
El grupo de gente es cada vez más grande, y en silencio siguen al grupo de soldados que conducen a Raúl hasta la ceiba. Poco a poco la plaza se va llenando de soldados que llegan desde la colina que domina el pueblo desde el occidente, donde esta el comando del batallón. Justamente ese fin de semana no hay oficiales de más rango que un teniente que ha quedado a cargo del batallón mientras los demás oficiales gozan de licencias y han viajado para pasar el "puente" con sus familias en sus ciudades de origen.
Tan pronto llegan con Raúl junto a la ceiba, el sargento convoca un "consejo de guerra" que estaría compuesto por cuatro sargentos y dos cabos que estaban presentes entre los soldados recién llegados a la plaza. La gente no podía comprender que esa parodia estaba realmente ocurriendo ante sus ojos y no salían del estado de choque en que estaba la mayoría, mezcla de asombro, ira, impotencia y miedo indescriptibles.
El llamado "consejo de guerra" fue muy corto.Bastó con que el sargento Arzazu diera su versión de los hechos, confirmada por la declaración del soldado Contreras para que el veredicto se dictara sin demora. Culpable de insurrección, conspiración contra las fuerzas militares, difamación y calumnia a miembros del honorable ejercito, e intento de asesinato. La sentencia, que según Arzazu estaría basada en "el estado de sitio y en las especiales circunstancias de orden público en el municipio" sería dictada por un tribunal militar superior. Mientras tanto, el prisionero sería encarcelado en los calabozos del batallón. Raúl dio la espalda al sargento y empezó a caminar por su cuenta hacia el comando, Arzazu grita entonces:-el prisionero se va a escapar!apunta su pistola y le dispara dos veces.Otros soldados empiezan también a disparar al aire y la pequeña multitud empieza a correr en todas direcciones.
Raúl esta tendido en el suelo con un balazo en una pierna y otro en el hombro. Arzazu se aproxima apuntándole con la pistola mientras los demás soldados se esparcen por la plaza haciendo tiros al aire espantando la gente. Arzazu apunta a la cabeza de Raúl con intenciones de rematarlo.
-No dispare, no dispare! Era monseñor, el párroco del pueblo que se acercaba corriendo. --No se meta en esto padre, dijo el sargento.
- No señor, no va a matar un inocente frente a mis ojos! El sacerdote se inclinó y tomó en sus manos la cabeza de Raúl.
- Va a tener que matarme a mi también. Voy a llevármelo. Voy a llevármelo a la iglesia y allá nadie va a entrar.
El párroco, un hombre corpulento, toma a Raúl en sus brazos y se encamina a la iglesia, a escasos treinta metros. A su encuentro acuden dos monjas para ayudarle. Lo entran a la iglesia y lo acuestan en un arrume de madera junto a la puerta.
Afuera los soldados se adueñan de la población y calman su frustración y su ira con el saqueo a bares y almacenes. Los soldados que hacian parte del grupo del sargento Arzazu formaron a su vez grupos de soldados y de civiles oportunistas que se encargaron de llevar el pánico y el saqueo a todos los rincones del pueblo.
El sacerdote sale en busca de un chofer que esté dispuesto a llevar a Raúl al hospital con tan buena suerte que encuentra al Mono Carmona en la puerta de su casa. Acababa de llegar de traer un pasajero del pueblo vecino y no había guardado todavía el jeep. Sin dudar un segundo toma el jeep y lo lleva frente a la puerta de la sacristía. Junto con el párroco y una de las monjas suben a Raúl a la parte trasera del jeep y salen hacia el hospital. Toman un camino a través de calles desiertas para evitar llamar la atención de los soldados que continuaban haciendo tiros al aire, destrozando ventanas de almacenes y tomando licor en la calle principal, en la plaza y calles aledañas. Camino al hospital encuentran a dos policías. El sacerdote habla con ellos y pide que la policía brinde protección a Raúl. Uno de los policías, un suboficial, les dice que los acompañan al hospital y que va a pedir refuerzos para que Raul tenga custodia todo el tiempo durante su estadía en el hospital.
Cuando llegan al hospital los policías corren adentro y regresan en un momento acompañados de un médico y dos enfermeras con una camilla. Raul ha perdido mucha sangre y está inconciente.Suben al herido a la camilla y rápidamente entran con él al hospital. De inmediato es llevado a cirugía para sacarle las balas del hombro y la pierna.
Las calles están casi solitarias. La calle principal está desierta y solamente se ve un grupo de gente que apresuradamente tratan de apagar un incendio en el depósito de un almacén en una de las esquinas de la plaza....

Al día siguiente, 6 de enero, mi padre nos levantó muy temprano. Tenía que despachar a Humberto con las mulas cargadas con la leche y alistar los bultos de maíz y frijol para cargarlos en la capota del jeep cuando el Mono Carmona viniera a recogernos.
Carmona llego retrasado. Tan pronto como se bajó del jeep llamo a mi padre aparte y estuvieron hablando bajito detrás del jeep. Mi papa entró luego a la casa y se metió a la cocina con mi mamá. Yo esperaba en el corredor de la hamaca hasta que salieron en silencio con rostros preocupados. El viaje hasta el pueblo se hizo mas largo que lo acostumbrado. La parte trasera del jeep, donde yo iba sentado junto a un enorme racimo de plátano, tenía un olor que no pude identificar entonces.
Después de haber descargado la leche, los bultos y los plátanos, continuamos hacia el hospital. Allí estaban mi tía, madre de Raúl,y sus dos hijas. Dentro del cuarto un médico examinaba a Raúl. Acababa de despertar de la anestesia y en su informe a mi tía el médico le dijo que todo había salido relativamente bien, pero que la fractura del fémur, ocasionada por la bala, estaba en malas condiciones y que haría muy difícil la recuperación total de la pierna.
Entramos al cuarto y en la cama vi solamente una figura cubierta de vendajes y con la pierna derecha levantada con un sistema de pesas y poleas. Mi padre y mi tía se acercaron a la cabecera y los demás quedamos a prudente distancia, a los pies de la cama. Raúl estaba despierto y apretaba ansioso las manos de mi padre y mi tía.
-Me duele mucho la cabeza, dijo en un quejido.. Se acercó la enfermera y miró una contusión en la parte de atrás de la cabeza que estaba aún abierta. Un momento después, sale del cuarto diciendo que es necesario llamar al médico. Tras unos minutos entra de nuevo con el médico quien revisa también la contusión.
-tráigame unas pinzas, pide a la enfermera, quien se las alcanza. Un minuto después nos muestra la causa del dolor. Un anillo de metal, de unos dos centímetros de diámetro estaba incrustado en el cuero cabelludo.Un anillo metálico, parte de la hebilla de la correa que esta en la culata de los fusiles...
Raúl pudo recuperarse con excepción de su pierna. Perdió la funcionalidad de su pierna y se vio obligado a usar un bastón el resto de su vida. Las otras heridas sanaron. Aquellas que no sanaron son las mismas que la violencia absurda abre de nuevo en las entrañas mismas de nuestras poblaciones, en el alma misma de nuestra gente, con cada genocidio, con cada masacre, con cada campesino obligado a abandonar su terruño. Hasta cuándo?
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