Julio de 1969



“Comprendo que todo se entrelaza,
 Todas los caminos convergen,
Todos los ríos caminan hacia el mismo mar”.
De “Aleph” por Paulo Coelho.

Se suponía que mi viaje de regreso a Medellín sería lo más tranquilo y sin afanes como fuese posible y que llegaría a tiempo para el inicio de clases después de las vacaciones de mitad de año.
La fecha para mi regreso sería  en la segunda semana de julio, antes del 16, ya que ese era el día en que estaba anunciado el tan esperado inicio de la misión de alunizaje de la Apolo 11, y yo no quería perderme detalle de ese momento histórico frente al televisor. Por ese entonces se estaba modernizando la tecnología de telecomunicaciones en Colombia y esa hazaña se podría ver “en vivo y en directo”, vía satélite.
El plan inicial era que yo viajara  a Buenaventura en la lancha con motor fuera de borda del aserrío a través de los esteros y el San Juan hasta un sitio donde podía tomar un bus a Buenaventura.,  pero el motor estaba desarmado en el depósito a la espera de un repuesto que debería llegar en el “Fulvia” –el barco carguero que recogía mensualmente la madera del aserrío-,  y que sería alguna vez durante las dos primeras semanas de julio. De manera que el plan B fue por lógica viajar en el Fulvia, por mar, directamente desde el aserrío, hasta Buenaventura.
 El Fulvia tuvo un daño serio en el motor precisamente antes de viajar al aserrío y tuvieron que dejarlo para reparación en el astillero en Buenaventura y el otro carguero que debería remplazarlo solamente podría llegar al aserrío en la última semana de julio. De manera que mi papá tuvo que poner en práctica su plan C para sacarme de allí a tiempo. Un plan C que no existía. Para ese entonces ya el tiempo se había acortado y ya estábamos en la segunda semana de julio. En teoría sería conseguir otra lancha o prestar un motor para usar la lancha del aserrío, pero los dos únicos chaluperos que había en el caserío estaban metidos en los esteros cortando madera.
La primera opción era hacer el viaje en canoa desde el aserrío, en Togoromá, en la parte norte del delta del San Juan, hasta Cabecera, sitio donde el río Calima desemboca al San Juan; para de allí tomar un bus a Buenaventura. Eso tomaría unas 12 horas a velocidad de canalete, a través del río Togoromá y los esteros y afluentes menores del San Juan al principio y luego en el San Juan la última parte del viaje hasta Cabecera. El viaje lo haría con Efrén, un empleado del aserrío que tenía que viajar a Buenaventura.
A mí me encantó el plan, me parecía que sería una experiencia única. Muy distinto pensaba mi mamá quien no dejaba de protestar porque mi papá me iba a someter a “semejaaante cosa tan horrible”. Protestas a las que mi papá respondía que “él ya es un hombre, ya tiene 15 años, y por aquí los muchachos de esa edad ya tienen mujer y moza!” Valga decir que esa no era su verdadera actitud con respecto al viaje. En privado me dio cantidad de advertencias y mostró su real preocupación por esa solución a la cual no tenía más remedio que acudir. En especial me recalcó que no podía hacer movimientos bruscos y que tenía que permanecer sentado todo el tiempo, porque si me ponía de pie o me movía bruscamente la canoa se podía voltear. Existía la posibilidad de poder conseguir durante el trayecto una chalupa con motor que me hiciera el viaje hasta Cabecera, ese era el lado positivo del proyecto y Efrén ya tenía todas las instrucciones para buscar en cada caserío que pasáramos algún chalupero disponible... Al fin de cuentas, el único contento con la aventurita aquella era yo.
El día anterior al viaje mi mamá se la pasó metida en la cocina desde la mañana preparándonos el fiambre para el día siguiente. La salida estaba planeada para las cuatro de la mañana, al salir tendríamos marea subiendo, a nuestro favor, y así llegaríamos a Cabecera a buena hora para coger el último bus a Buenaventura al final de la tarde. A eso del mediodía Efrén trajo su canoa para acondicionarla para el viaje, colocarle una lona en la parte del medio para protegernos de la lluvia, y para que mi mamá se tranquilizara un poco al ver que era grande,  relativamente cómoda y “segura”. Al terminar de colocar la carpa Efrén amarró la canoa en el muelle pequeño y se marchó a su casa.
Por la tarde el ambiente se puso raro. Los suspiros enormes de mi madre –más largos y profundos que de costumbre- hacían eco en el corredor de los sinsontes juntándose a los silencios prolongados de mi padre -también más sordos que de costumbre-. En el radio se escuchaba la transmisión del despegue de la misión Apolo 11 y yo me conformaba pensando que de todas maneras iba a alcanzar a ver el alunizaje, pues para cuando estaba programado, el 20 de julio, ya iba a estar en Medellín…
Sin darnos casi cuenta se nos llenó el cielo de nubes de un gris amenazante, empezó a soplar un vientecito frío y los suspiros de mi mamá y el canto de los sinsontes fueron remplazados por los rugidos de truenos en la lejanía que iban haciéndose sentir cada vez más cerca. No tardó mucho para que los  relámpagos dieran inicio a  su espléndido show y que un rayo cayera en el embalse de las trozas junto al aserrío. Después se desató un aguacero torrencial de tales proporciones que no recuerdo haber presenciado otro igual en mi vida. –Tal vez otro similar en Urabá, muchos años después.
Seguramente la memoria me traiciona pero en mis recuerdos de ese día la lluvia no cesó. El caer de la lluvia sobre el techo de la casa (de “eternit”) producía un ruido ensordecedor. Al final de la tarde era ya difícil ver algún lugar que no estuviese bajo un par de centímetros de agua alrededor de la casa. Solamente se veían los montones de aserrín afuera del aserrío, el resto era un enorme charco salpicando barro y aserrín desde las escalas de la casa hasta el muelle y el puente al caserío. En medio del aguacero y ya empezando la oscuridad de la noche llegó Efrén que quería revisar la canoa y ponerla en tierra para prevenir cualquier problema. Mi papá fue con él para ayudarle. Encontraron la canoa ya hundida. El aguacero la llenó de agua y se hundió. La achicaron y Efrén decidió llevársela para colocarla cerca a su casa, y cargarla de una vez con las cosas que debía llevar. Hasta ese momento el viaje seguía en pie, lo único nuevo era que tocaba prepararse y ponerse capas de lluvia. Nos fuimos los tres a la cama muy temprano esa noche.
Debió ser poco antes de las cuatro cuando mi papá me despertó para vestirme. Mi mamá ya estaba en pie hacía rato haciéndonos café y poniendo los últimos detalles en mi maleta y en mi fiambre. La lluvia seguía pero ya no tan fuerte. Mi papá empezó con su lista de advertencias, ahora aumentada con la recomendación de achicar  la canoa para que el agua no pase de dos dedos de hondo. El ruido de pasos en las escalas y en el corredor nos advirtieron que Efrén había llegado. Su silueta apareció en el umbral de la puerta de la cocina, con su rostro medio oculto bajo el sombrero y la capa de lluvia y tenuemente iluminado por la lámpara de kerosén que traía, pero suficiente para que pudiésemos ver en sus ojos la expresión de angustia mezclada con ira.
-La marea se llevó la canoa!
Efrén contó entonces que la noche anterior había cargado la canoa y la había dejado amarrada  junto al muelle grande. El palo no era alto pero nunca pensó que la marea subiera tanto como esa noche. El agua subió y al subir fue sacando el lazo que no estaba apretado y al llegar al borde pues el lazo quedo flotando libre en el agua. En la oscuridad de esa noche en medio de la lluvia no se podía ver ni rastros de la canoa.  Mi papá se ofreció para salir con él en otra canoa a buscarla con una linterna y así lo hicieron.
Cuando regresaron después de un par de horas ya había amanecido e irónicamente el sol empezaba a iluminar y calentar el casi desolador panorama del caserío inundado. No encontraron la canoa. Efrén había perdido su carga y su canoa, mi papá había perdido la lona que puso como carpa y yo había perdido temporalmente  el entusiasmo aventurero. Estábamos de regreso al punto inicial, con tres días de atraso.
No recuerdo si fue ese día o al día siguiente cuando llegaron los dos chaluperos que estaban cortando en los esteros cada uno con su respectivo lastre de trozas. Traían también la canoa de Efrén que habían encontrado varada en una orilla, en la ribera opuesta, unos pocos kilómetros corriente arriba. Ambos tenían que regresar lo antes posible al sitio de corte pues había todavía muchos árboles que darían trozas de primera calidad y no querían que otros cortadores en las cercanías tomaran el corte que ellos habían dejado. Mi padre les pidió el favor a ambos que me llevaran hasta Cabecera, lo cual tomaría unas cuatro horas de viaje teniendo en cuenta que tenían motores lentos –propios para arrastre de las trozas, no para velocidad. Eso para ellos significaba un día entero de trabajo, contando el tiempo de viaje de Cabeceras al sitio de corte, adentro en los esteros de la Boca Pichimá. Uno de ellos, Herminio Mosquera, dijo que ellos no podían llevarme, que perderían tiempo y dinero, pero que había otra posibilidad. Un pariente suyo en Charambirá iba a viajar al día siguiente en su chalupa saliendo directo al mar desde la boca hasta Buenaventura y él podría llevarme. Herminio se ofreció a llevarme hasta Charambirá al día siguiente en la mañana.
Al día siguiente en la mañana escuchábamos en la radio la transmisión del alunizaje. Ya me había resignado a no poder verlo por la TV, así que lo disfruté lo mejor que pude. Claro que la preocupación de mis papás no me permitía concentrarme mucho en lo que oía por la radio y trataba de entender todo lo que murmuraban en la cocina.
-Es muy peligroso, decía mi mamá. Esa boca del Tigre tiene muy mala fama!, más bien que se quede y se vaya por el río cuando llegue el repuesto o en el barco cuando llegue.
-No puede faltar tanto al colegio, llegaría con una semana de atraso! Replicaba mi papá.
De todas maneras, después de una sentida y llorosa despedida de mi mamá, y de todas las bendiciones y de todos los “dios y la virgen me lo protejan de todo mal y peligro”; salí al poco rato con Herminio y mi papá quien se fue también con nosotros para hablar directamente con Venancio, el pariente de Herminio, y pagar por mi viaje, en fin, para quedar más tranquilo. Durante el viaje a Charambirá, un caserío similar o tal vez un poco más grande que Togoromá, me di cuenta cabal de los motivos de preocupación de mis padres.
Igual que Togoromá y situado unos 25 km al sur, Charambirá se encuentra de espaldas al mar, en una pequeña bahía de aguas tranquilas. El viaje hasta allá fue saliendo al mar bordeando la costa, y tardamos más o menos una hora.. La entrada a la boca era majestuosa. Desde lejos se veía el quiebre de las olas al chocar con la corriente del río cubriendo casi toda la extensión de la desembocadura de ese brazo del San Juan (según Google Mapas aprox. 2 kilómetros). Herminio tuvo que abrirse a la derecha  cuando fue hora de entrar a la bahía y meterse mar adentro un centenar de metros para luego poder entrar de frente y buscar el sitio más adecuado y entrar por donde las olas no quebraran tan violento. Ese fue mi bautizo marino en chalupa y el anticipo de lo que me esperaba. La Boca Charambirá es también conocida como la Boca del Tigre, justamente debido a la violencia de las olas en todo lo ancho de la desembocadura. De repente las olas que hasta entonces parecían normales multiplicaron su tamaño y volumen y jugaban con la chalupa poniendo a prueba la habilidad de Herminio. Llegamos empapados. Mi papá no soltó mi brazo desde la entrada a la bahía. Yo, medio muerto del susto, no ligaba, mi mente estaba todavía allá atrás en el quiebre de las enormes olas y en lo pequeña e insignificante que parecía la chalupa.
Al llegar al caserío ya se estaba preparando la salida. Mi papá fue a hablar con Venancio  para arreglar lo del viaje. En la chalupa ya estaban embarcadas unas 10 personas y no parecía haber cupo para nadie más. Mi papá me dio uno de sus abrazos relámpago diciéndome –mucho juicio mijo, cuídese- y me ayudó a subir a la chalupa. Me abrieron campo junto a un par de monjitas de la Madre Laura y mi maletín y mis zapatos los metieron adelante, debajo de una lona, junto a todo el equipaje y la carga de los demás.
A medida que la chalupa iba retirándose de la orilla se iba acentuando el silencio entre todos los pasajeros.  Después de unos minutos en las aguas mansas de la bahía, la chalupa volteó en dirección al mar. Al mirar hacia atrás pude ver entre un pequeño grupo de personas que permanecían en la orilla, la silueta de mi papá agitando su sombrero aguadeño dándome su adiós. Fijé mi mirada en él para no mirar hacia las olas amenazantes que nos esperaban unos cientos de metros adelante. Adelante en la chalupa iba de pie el ayudante de Venancio, de espaldas, indicándole a Venancio con sus brazos la dirección a tomar. Venancio también iba de pie aferrado al  timón  tratando de ver él mismo dónde abrían las olas un pasadizo seguro. La primera ola nos baño a todos. La segunda parecía que nos fuera a tragar sin sacudirnos siquiera. La proa de la chalupa iba hacia abajo, así de enorme era la ola. Yo metí la cabeza entre mis piernas mientras las monjitas gritaban casi sus “avemaría purísima!”
Venancio comenzó a gritarle al ayudante que pasara el equipaje para atrás. -Parecía que la chalupa estaba muy pesada en la proa –No hay donde! Respondió el ayudante. Comenzó a pasar bolsas y paquetes a los pasajeros que los fueron recibiendo y acomodando junto a ellos como pudieron. A mí me pasó mi maletín que yo agarré firmemente sobre mis piernas. Las monjitas no dejaban de rezar y una niña sentada delante de mí lloraba inconsolable llamando a su mamá. Seguíamos recibiendo chaparrones en cada ola que se volvían más grandes con cierta regularidad. Venancio ordenó arrojar al mar los racimos de plátano que había en proa así como los bultos de coco. Fue entonces cuando caí en cuenta que la situación era grave. La chalupa hacía agua rápidamente, ya nos llegaba a los tobillos, y en cada ola que pasábamos subía más. Yo miraba a la costa y me parecía inexplicablemente cerca, miraba hacia el mar y el quiebre de las olas con su estela de espumas parecía no acabarse.
No sé cuánto tiempo pasó mientras salimos de esa pesadilla. El hecho fue que de repente ya las olas no eran tan cercanas la una a la otra y no tan atemorizante el avance de la chalupa a través de ellas. Venancio comenzó a hacer chistes dándose ínfulas y haciendo alarde de su habilidad como chalupero y todos empezaron a sacar sus sonrisas a relucir. Las monjas sacaron hasta fiambre y me ofrecieron envueltos de maíz, huevo duro, papa cocida y mazamorra con panela.
Continuaron unas horas de viaje tenso, con algunos sobresaltos, pero nunca como la primera parte, la pesadilla de la salida de la boca del Tigre. Poco a poco vimos más y más cercana la silueta de Buenaventura y el tiempo comenzó a correr más rápidamente. Al acercarnos al puente El Piñal, sitio de mi desembarco, el olor característico de los caños de ciudad portuaria, ese olor a gas de los pantanos, inundó el ambiente dándonos la bienvenida a tierra firme. Estaba con la ropa empapada, parte de agua, parte de sudor por la increíble humedad que se sentía, pero eso no impidió que las monjitas me dieran un abrazo cuando me disponía a saltar a tierra. Al despedirme de todos desde el muelle, estando allí de pie en tierra firme, sentí que tal vez para ellos aquello no había sido gran cosa, tal vez fue algo que era habitual en sus vidas, pero a pesar de eso sentí una gran unión con todos ellos porque ellos habían vivido eso conmigo y compartido juntos todos esos momentos de temor, miedo, esperanza, alivio, alegría. Un enorme sentido de unidad, de pertenencia a la misma familia humana dejó una bella verdad metida en mi alma. Certeza que ese día era aun vaga e indefinida con palabras, no me la formulé así entonces, pero que luego, al correr de los años, en repetidas ocasiones se me fue mostrando clara y contundente. Queramos o no todos somos parte de una sola alma, todos somos Uno, partes de la misma fuerza vital del Universo.
Hoy quisiera poder agradecer a todos y cada uno de mis compañeros de viaje en la chalupa de Venancio por haber compartido conmigo esas horas.



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