Tardes de pesca
Esas inolvidables tardes de pesca…Igual de emocionante como la pesca misma era todo el proceso de preparación de la salida a pescar; la recolección de las lombrices y grillos para la carnada, la revisión y puesta en orden de los anzuelos, el sedal y la vara. Las salidas a pescar con Renán se convirtieron en un ritual de todos los viernes en la tarde, cuando ya él había terminado sus deberes. Era justo también la hora en la que, por alguna razón, era más fácil encontrar los grillos en la grama del potrero de los caballos. Era suficiente caminar despacio, arrastrando un poco los pies, para que cuatro o cinco grillos saltaran a la vez en todas direcciones. Era entonces preciso tener la vista alerta para fijarse dónde saltaba uno de ellos para con un manotazo rápido cogerlo y meterlo en el frasco de boca ancha que usábamos para guardarlos. Mientras uno de los dos cogía los grillos el otro se iba a la huerta de verduras que mi mamá tenía junto al gallinero para con una pala mover un poco la tierra y buscar las lombrices. Bastaba con un par de paladas para verlas tratando de meterse más adentro en la tierra. Nunca se sabía a simple vista qué tamaño tenían pero su grueso siempre daba indicios del tamaño. Era solamente cogerlas y jalar hasta que salieran. Dejábamos las pequeñas que no tenían el largo correcto-la medida era el largo del dedo índice-.Fue Renán quien puso disque la regla del tamaño, que porque las lombrices se necesitaban para la huerta y que había que darles tiempo que se reprodujeran. Todo ese rollo de “dejar que se reprodujeran” yo no lo tenía muy claro, pero seguía la norma al pie de la letra colocando la lombriz en el suelo, lo más recta posible, y extendía el dedo índice debajo para verificar su tamaño.
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| Tomada de taringa.net Foto de Marion Post Wolcott. Grabados y Fotografías División de la Biblioteca del Congreso. |
El camino desde la casa hasta el río no era largo, pero tomaba cierto tiempo, pues era a través de enormes “escalones” que el lecho del Río Sucio había construído a lo largo de talvez millones de años en la topografía de esa parte del occidente de Antioquia, en las estribaciones del Nudo Paramillo; en Dabeiba. Era fascinante cuando al bajar los aproximadamente 30 metros del primer “escalón” se llegaba a un trozo de tierra plano cubierto de rocas, de todos los tamaños, unas tan pequeñas como un puño y otras tan grandes como un automóvil. Entre ellas encontré en dos ocasiones un par de pequeños fósiles, del tamaño de un dedo pulgar, de esos que son como espirales. Este terreno plano era de unos 60 metros, y es lo que algún día fue el original lecho del río. Entonces se llegaba al siguiente escalón, también de unos 30 metros de alto, y al descenderlo se llega una vez más a una parte plana, igual de ancha a la anterior y igualmente cubierta de rocas, el segundo lecho del río. Atravesando esta parte, el último escalón es mucho menor que los anteriores, unos 15 metros, y se llega luego al actual lecho del río, que se extiende unos 150 metros, aunque el cauce actual se encuentra muy alejado de la rivera original del río. De modo que la travesía hasta llegar a la orilla del río ya era en sí una aventura fascinante.
Nuestro lugar de pesca estaba ubicado unos doscientos metros abajo de la famosa “Y”. La unión del río Sucio con el río Urama.El río Sucio hace honor a su nombre, su color café con leche se marca claramente en el punto de encuentro con el río Urama, cuyas aguas de color grisáceo son rápidamente absorbidas, integradas con violencia en el torbellino avasallante de las aguas del Río Sucio. El Río Sucio viene por el lado derecho, desde el sur, rugiendo en una estrecha cañada de escasos veinte metros de ancho y en su encuentro con el Urama, que viene en la parte izquierda de la Y, del oriente; establece su dominio rápidamente y las aguas del Urama pierden su identidad y su color para dejarse absorber por la fuerza de su receptor. Es entonces donde un par de rocas enormes en la rivera oriental del nuevo río, forman un remanso de unos 20 metros de ancho que se extiende unos 50 metros abajo estrechándose paulatinamente. Es allí donde acostumbrábamos pasar un par de horas tirando el anzuelo preciso junto a una de las enormes piedras donde la corriente perdía su fuerza. Ese era uno de los lugares favoritos de las sabaletas porque las aguas tranquilas permitían que se quedaran allí descansando del torbellino de las aguas y al mismo tiempo esperando que la corriente arrojase allí algo de su preciado botín de comida.
Mi carnada preferida eran los grillos. Eran de una variedad pequeña, grillos de campo comunes cuyo tamaño se acomodaba bien en los anzuelos. Renán usaba más las lombrices o una masa de la que don Alejandro Betancur tenía la receta secreta y de la que todo el mundo decía que daba buenos resultados. Yo acostumbraba ponerle una bolita de masa en la punta del anzuelo, más por joder que por alguna razón en especial, decía que quedaba como la gorrita del grillo. Lo efectivo de la carnada es materia de discusión. Todo –bueno, casi todo- dependía del apetito de las sabaletas, porque hubo ocasiones en las que yo sacaba una mientras Renán ya tenía cinco para arreglar y limpiar. Alguna vez ocurría al contrario. Pero indudablemente Renán tenía su secreto porque siempre sacaba más que yo, así pescáramos los dos con grillos o con lombrices. Valga agregar que Renán tenía en ese entonces 17 o 18 años, mientras que yo era de escasos nueve; de manera que el argumento del apetito de las sabaletas tiene un peso mucho menor que el que yo le pongo, el muchacho tenía mucha más cancha que yo.
Renán había suspendido su estudio hacía ya varios años porque tuvo que ponerse a trabajar. Su padre había quedado lisiado después de un accidente y tenía que ayudar a su mamá pues no había quien llevara el sustento a su casa. Mi papá le dio trabajo como ayudante y se había ganado nuestro cariño y confianza. Las dos o tres horas que compartía con él cada viernes pasaban rápidamente gracias a las innumerables historias y anécdotas de su escuela y de sus hermanos.
El final de la tarde llegaba siempre inevitable con su vientecito frío –el tan cantaleteado “sereno” de mi mamá- metiéndosele a uno hasta la médula y advirtiendo que ya era hora de recoger y de apurarse para la casa. Era la hora entonces de soltar los grillos que quedaban, limpiar los anzuelos y ordenar las varas y demás utensilios, descamar, abrir, limpiar y guardar las sabaletas.
Y emprender el camino de regreso, siempre con las risas y los comentarios de los momentos importantes de la tarde: la enorme sabaleta que se le zafó a Renán ya trayéndola en el aire, la alegría de Pritty tirándose al agua y bañándonos a nosotros al sacudirse después; o simplemente saboreando en silencio la placidez que deja en el alma el haber compartido unas horas con un amigo y sintiendo ese adorable cansancio que nos queda en el cuerpo y en el alma después de haber sido nosotros mismos.
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